EL CAMELÉNTIMO SANITARIO, LA UNIDAD DE MERCADO Y EL ESTATUTO CATALÁN
Al par de otras cuestiones enormemente jugosas, los acuerdos alcanzados entre el Gobierno de España y las patronales del transporte pusieron de relieve que este ejecutivo es capaz de prometer lo que ni puede ni está en su mano cumplir, en concreto, la eliminación del llamado "tramo autonómico del céntimo sanitario" (un sobrecoste impositivo sobre los carburantes).
En efecto, ésa, la eliminación del citado sobrecargo autonómico, era una de las más destacadas exigencias de los huelguistas (en Asturies, la principal, junto con la prometida eliminación del peaje del Huerna realizada por Zapatero); pero no estaba en manos del Gobierno central el hacerlo, porque es esa una competencia autonómica. Mas, en todo caso, para ponerlo en práctica, habría hecho falta, sobre violentar la voluntad de las comunidades, modificar la Ley Orgánica de Financiación de las Comunidades Autónomas, el Reglamento de Hidrocarburos y otros elementos legales de menor o mayor rango.
(Es llamativo, por otro lado, que un gobierno, el zapaterino, que dice ser tan respetuoso con el diálogo y que se muestra dispuesto a aceptar literalmente las disposiciones que emerjan del Parlamento catalán, se cisque en las competencias autonómicas sin consideración alguna.)
Ante esa actuación del Gobierno del Estado, uno podría preguntarse si estos rapazos simplemente engañan con impúdico cinismo o si acaso desconocen absolutamente aquello en lo que están tratando. Es cierto que cabe una tercera explicación, la de que realicen sus razonamientos y acuerdos bajo el influjo de potentes alucinógenos, por ejemplo, la lectura de las obras completas del pensamiento zapateril.
Pero al margen de la mentirosa y grotesca actuación del equipo mestu de don José Luis, la demanda de la eliminación del citado recargo autonómico plantea interesantísimas cuestiones de orden político y económico. Cabe subrayar, sobre todo, que, para los transportistas, la existencia de cargas impositivas disímiles entre comunidades quiebra la unidad de mercado, o, en su percepción más inmediata, establece condiciones de competitividad desiguales entre ciudadanos y empresas en el conjunto de España, en razón del territorio en que vivan o radiquen.
Esa percepción, absolutamente cierta, plantea un evidente problema en relación con las competencias autonómicas y los impuestos: la de la dificultad de cohonestar, en ciertos niveles, los parámetros de autonomía e igualdad, los de autonomía y eficacia económica.
Es una cuestión compleja y de intrincada solución ésta, pero, sobre todo, viene a subrayar los peligros que entrañan las reformas estatutarias en marcha, la más visible de las cuales es, en este momento, la del Estatuto catalán, en la medida en que, tal como hemos venido sosteniendo aquí, según ha proclamado el Gobernador del Banco de España, como ha subrayado la FADE, ese proyecto de ley rompe la unidad del mercado.
Porque lo que está en juego con el Estatuto catalán (y lo que ya atacan los conciertos vasco y navarro) no es la "solidaridad", ese concepto prepolítico, propio del Antiguo Régimen, sino la unidad del mercado, la libre e igual circulación de bienes y mercancías -a salvo de portalgos y pontalgos-, única y real opción para la creación de riqueza, su obtención y redistribución; esto es, la condición indispensable para el aumento de los niveles de renta y la posibilidad de políticas que equiparen a los ciudadanos y tutelen su desamparo.
Finalicemos diciendo que, frente a las "rugosidades" que en el mercado crean las disimilitudes fiscales autonómicas que afectan al nivel productivo, lo insidioso de la ruptura que el Estatut se plantea (o la que ya se practica en Euskadi o Navarra) es que su ruptura del mercado no será perceptible directamente, no se visualizará de inmediato por sus víctimas, como si se visualiza el impuesto sobre carburantes, sino que obrará sus efectos negativos de forma poco perceptible, más bien silenciosa. Será una amenaza no como una pandemia de gripe o un cáncer, sino como la tensión arterial o los ateromas: igual de mortal, pero avanzando sobre nosotros en el silencio de la noche o, por mejor decir, de sus urdidores y encubridores.

Fdo. Xuan Xosé Sánchez Vicente
Presidente del PAS
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