LOS GENES DE LA GLOBALIZACIÓN
"Procread y multiplicaos y henchid la tierra; sojuzgadla y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que bulle sobre la tierra"
Una de las cuestiones más sorprendentes de la historia humana es la rapidez con que se expanden novedades y hallazgos por extensos territorios en épocas en que las dificultades para vivir y desplazarse eran extremas. Desconocemos con precisión estos datos para la industria lítica de los neandertales, pero sí sabemos, por ejemplo, que las técnicas pictóricas y simbólicas del arte figurativo magdaleniense lo hacen en un tiempo relativamente corto. Si nos acercamos un poco más acá, comprobamos que los conocimientos de domesticación de plantas y su cultivo se extienden desde el oriente próximo hasta Inglaterra en no más de un par de milenios; la metalurgia del bronce en poco más de mil años, en mucho menos la del hierro. Evidentemente, además, cada una de estas novedades entraña una enorme complejidad: trabajar el bronce, videlicet, conlleva, como bien sabemos en Asturies, conocer los minerales y vetas del cobre y del estaño, el laboreo minero, las técnicas de fundición y ahormado, etc.
Estas innovaciones implicaron, además, con seguridad -al menos desde la propagación de los metales y la cerámica-, el comercio de materias primas y productos terminados entre diversas partes del mundo. Del mismo modo, la aparición de aventureros (o emprendedores) y comerciantes que exponen sus vidas, a fin de tener nuevas experiencias personales y, cómo no, obtener beneficios.
Así pues, la frase del Génesis parece representar, más que un mandato divino, la constatación de uno de los rasgos de lo que pudiéramos llamar "nuestro genoma cultural": la necesidad de exploración y conocimiento de nuevas gentes y mundos, hasta henchirlos todos; la voluntad de comerciar y ganar; la concupiscencia por dominar la naturaleza y transformar el mundo con la técnica para hacerlo más cómodo. En otras palabras, la globalización, el comercio ganancioso y la explotación de la naturaleza constituyen parte sustancial de la naturaleza humana, no un invento hodierno o antinatural de un sector maligno de nuestra especie.
CODA (O RAU, QUE YE LO MISMU)
Cuando estos nuevos bienes y técnicas llegaron a los distintos grupos humanos hubo de producirse en los mismos enormes convulsiones, tanto en las mentalidades, como, parcialmente, en la estratificación social. Ante ello es seguro que se habrán generado, al menos, dos tipos de reacciones, correspondientes a las que suelen tener dos tipos humanos básicos. La primera de ellas mostraría su rechazo por entender que las transformaciones suponían una agresión a lo que hasta entonces habían conocido y que podrían representar, por tanto, una amenaza o provocar un castigo; la segunda no se opondría, per se, a los cambios, pero mostraría su radical disconformidad con que pudiesen entrañar diferencias dentro del grupo o ventajas para los dominadores o introductores de la nueva técnica.
¿Se atreverían ustedes a poner una etiqueta a estos dos tipos básicos humanos desde nuestro entendimiento de las categorías políticas? ¿Lo han hecho? ¿Están ustedes seguros de que, si se le da un par de vueltas al asunto, son tan diferentes, al margen de su retórica, ambas posturas?

Fdo. Xuan Xosé Sánchez Vicente
Presidente del PAS
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