No es infrecuente que un grupo humano deba tener que esperar un cierto lapso de tiempo, a veces dilatado, por ciertos individuos que deberían formar parte del mismo o encontrarse con él a una determinada hora. Y no crean ustedes que las circunstancias en que eso ocurre vienen a veces determinadas por eventos imprevistos o ineludibles de quienes se retrasan y hacen sufrir a los otros su demora. No. Citen ustedes en un punto cualquiera de Asturies a un conjunto de personas un domingo por la mañana, a una hora no exageradamente temprana (pongamos, las diez o las once de la mañana), para un fin cualquiera, por ejemplo, emprender un periplo recreativo o realizar una visita cultural. Ineludiblemente, un porcentaje de los convocados llegará con un notable retraso. No han tenido un accidente o sufrido un percance de cualquier tipo en el desplazamiento, ¡qué va! Simplemente han estado haciendo lo que hacen durante el resto de la semana: cuidar su ego, atender a su yo. De modo que se han despertado más tarde de los preciso, han remoloneado en la cama, han tomado las cosas con vagar o se han sentido incapaces de afalar a sus vástagos (a su único vástago, por lo general) para que se diesen prisa. Ni una sola vez se han esmolido por los que estaban esperándolos a la hora acordada, ni han pensado si éstos se aburrían, incomodaban o tenían más tarde otras cosas que hacer. Y si lo han hecho ha sido para decirse: «¡que esperen!», o, tal vez, más despectivamente, «¡que se…!».
Son bastante asiduos en nuestra sociedad este tipo de comportamientos groseros y maleducados. Es más, en algunas personas forma parte de su modo sistemático de actuar. Y no ocurre ello sólo en gente sin instrucción o del común. Con cierta frecuencia, ciudadanos con altas responsabilidades políticas, sociales o empresariales tienen a gala el hacer esperar siempre a los demás, como una forma de subrayar su importancia. Sea ello una forma de autoritarismo o una especie de compensación de su inseguridad personal, es siempre un desprecio objetivo a los otros y al valor de su tiempo. (Permítaseme anotar, por cierto, que la personalidad pública más respetuosa de los demás que, a ese respecto, he conocido ha sido el señor Fraga Iribarne. En cuanto a los abundantes ejemplos negativos, silenciémoslos.). » Leer más: Contra los groseros y los maleducados
El PAS se opone radicalmente al proyecto del Gobierno socialista asturiano de comprar a los constructores viviendas que en este momento son invendibles.
Hace ya 6 años que el por entonces ministro de fomento, el señor Francisco Álvarez Cascos, prometiese a los asturianos un tren que los llevase al aeropuerto, lo cual no pasó de ser una mera ocurrencia.
Artículu de
Dende Xuventú Asturianista queremos denunciar que como “a dellos vieyos sofistes de la Grecia Antigua” a la élite dirixente gobernante asturiana (PSOE-IU, PP) importa-yos más les apariencies que la verdá. Tienen estos una actitú “sofista” nel sen que falen que la nuesa comunidá ta meyor preparada qu’otres pa facer frente la crisis (pallabres d’Areces nel conceyu Samartín del Rei Aurelio’l 8 Setiembre, y repetíes otres vegaes), y lu faen en virtú de sides que paecen ciertes pa defender o persuadir daqué que ye dafechu falsu.

