Después de más de un año se ha roto el llamado «diálogo social», con gran preocupación de unos, con escándalo de otros y con estrépito revoloteante por parte del presidente del Gobierno central, don José Luis Rodríguez.
Y, sin embargo, no es ese el escándalo. Lo extravagante y anómalo es que dos grupos de personas a los que nadie votó para ello —vamos a dejar de lado su representatividad— estuviesen usurpando la soberanía popular para acordar y decidir entre ellos cuestiones de tipo legislativo y económico. Porque no se trataba de que se consultase a los interesados, patronos y sindicatos, acerca de cómo veían las cuestiones que a ellos les afectaban, sino de que tomasen decisiones sobre el conjunto de la nación y de los individuos que la conforman.
(De todas formas uno, en su ilimitada ingenuidad, pensaba que los partidos políticos conocen de por sí la realidad, sin falta de que nadie les cuente cómo es, dónde están los problemas y de qué forma se pueden abordar, o que, en el peor de los casos, tienen establecida permanentemente una línea de información y consulta a fin de conocer lo que ocurre en el mundo. Pero ya se ve que uno es un cándido.)
Subrayémoslo: lo censurable de lo que aquí llaman algunos «diálogo social» no consiste en que se pretendan conocer las inquietudes de un grupo de patronos y de algunos sindicatos, sino en delegar en ellos la acción legislativa y de gobierno. Eso no tiene más que un nombre: primorriverismo, corporativismo, democracia orgánica. Que después los procuradores en Cortes —incluido el exotismo de los saharahui-catalanes y los guineo-vascos— sancionen lo acordado fuera del ámbito de la soberanía nacional no elimina esa condición. » Leer más: ¿Pero qué diablos negociaban estos tipos?

Entrevista realizada por Pilar Rubiera a Xuan Xosé Sánchez Vicente y publicada en 


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